En el año 1013, Mosén Ramón Floraz, caballero aragonés, gran servidor y privado del rey don Sancho el Mayor, de Navarra, al llegar a las cercanías de Velilla de Jiloca, lugar de Aragón, el caballo en donde venía se hundió una pata junto a una fuente en donde había llegado a beber.
Queriendo Mosén Ramón ayudar a su brioso corcel, vio cómo el caballo con sus patas había dejado al descubierto un gran hueco. Extrañado el caballero, quitando con su daga las piedras de alrededor, descubrió una gran cueva como edificio antiguo.
Atraído por la curiosidad penetró en el subterráneo, encontrándose, en un nicho en la pared, una preciosa imagen de la Virgen María, sentada a forma de matrona romana, con un Niño sobre las rodillas y con un pergamino escrito en latín antiquísimo en donde se decía qué imagen era aquella y en qué tiempo se había puesto en aquel lugar.
Se trataba de la imagen de la Virgen de los Torneos que había sido soterrada, tres siglos antes, por devotos cristianos, para librarla de la invasión agarena.