Una larga tradición y el fervor con que
los ciudadrealeños viven estos días de agosto hacen de la Virgen del Prado el
valor posiblemente más preciado para ellos. La Patrona de la ciudad y lo que
ella representa es venerado durante todo el año en la catedral, instalada en su
carroza de plata en la gran nave central de la catedral prioral, desde el día
de San Lorenzo “a puestas de sol”, hasta el día siguiente de su Octava, el 23
de agosto, o “asomada” a la ventana de su camarín, donde van a adorarla y
rezarle los habitantes de la ciudad. “Lo más querido de Ciudad Real es la
Virgen del Prado; los ciudadrealeños no saben hacer nada sin mostrárselo a su patrona”,
tal y como explicó a La Tribuna Dominical Antonio Lizcano, chantre de la Catedral;
“cualquier ocasión es motivo suficiente para coronar a la virgen con múltiples
flores y adornarla como se merece”, añade.
En la pasada festividad de La Pandorga, la
celebración popular, como en las de años anteriores, comienza con la ofrenda de
flores y frutos de la tierra a la patrona; la primera mujer a la que se le
cantan los mayos cada año en ese mes es a Ella; nada se hace en la ciudad sin
pasar antes por los pies de la virgen y mostrar el culto que se le profesa.
¿Historia o tradición?
La Historia de la imagen de la Virgen del
Prado se mezcla, como en la mayoría de casos similares en España, con la
tradición.
La historia se remonta al año 1088, cuando
un grupo de soldados pararon a descansar en el prado de Pozuelo Seco de don
Gil, lugar que más tarde sería Villa Real y, posteriormente, Ciudad Real.
Venían de Toledo y se dirigían a Córdoba para llevar la imagen de la Virgen de
las Batallas al campamento cristiano. Era costumbre que esta imagen, por deseo
expreso del rey, estuviese siempre en el campamento, dado que era un modo de
infundirles valor y proporcionarles protección.
Los habitantes de Pozuelo Seco de don Gil
pudieron al capellán real, Marcelo Colino, que les enseñase la imagen, quedando
maravillados, solicitando del capellán la dejase allí, donde ellos levantarían
una ermita para darle culto y venerarla. Los portadores de la imagen no
pudieron satisfacer a los pozoleños, porque el lugar de la Virgen de las Batallas
estaba en Toledo y junto al rey en caso de campaña bélica. La huella que esta
imagen dejó en esta pequeña localidad fue tan grande, que sus vecinos pasaron
toda la noche rezando en el mismo lugar del Prado dónde había reposado la
comitiva real y la Virgen.
A la mañana siguiente, cuando la comitiva
real estaba en el castillo de Caracuel, observaron, con espanto, que la imagen
no estaba en la hornacina de madera y seda en la que viajaba, volviendo el
capellán Colino a toda velocidad a Pozuelo Seco de don Gil, creyendo que los
lugareños la habían robado la imagen.
Llegado al prado, el capellán vio que la
imagen estaba allí, sobre un árbol, y que los lugareños la adoraban. Cuando
intentó recuperarla para seguir viaje a Córdoba, vio que no era posible moverla
de allí, optando por dejarla y partiendo hacia Córdoba a toda velocidad para
dar cuenta al rey de lo sucedido. La devoción se despertó no sólo en el pequeño
pueblo donde había, según la tradición, decidido permanecer, sino que, incluso,
las gentes de otros lugares marchaban a Pozuelo de Don Gil para rezar a esta imagen.
A partir de aquel momento, el lugar donde se veneraba a la patrona centró las
atenciones de la población; la pequeña ermita allí construida por los pozoleños
se convirtió en parroquia, y más tarde, en el siglo XVI, los cardenales de
Toledo hicieron una grandiosa nave para que fuese un templo de adoración a la
Virgen.
El mayor logro se consiguió en el año
1875, cuando el Papa Pío IX firmó la bula que hizo de este territorio un
obispado, lo que antes no era, ya que dependía de Toledo. Al asignar una
iglesia para el obispo, eligió la de la Virgen del Prado, que comenzó a ser
catedral ese mismo año.
Esta breve historia sobre la patrona de la
capital demuestra cómo, desde un principio, se adoró y se veneró a la Virgen
del Prado y cómo este sentimiento perdura hoy con tanto o más fuerza y fervor
si cabe. Desde aquella primera imagen, dice Antonio Lizcano, desaparecida en
fecha ignorada, han existido otras dos, una destruida por la propia dinámica de
los años y las termitas y la actual, que tiene al niño Jesús en sus brazos y va
vestida con uno de los mantos que posee.
Festividad de la Virgen
El ritual de ataviarla, cada vez que sale
en procesión, tiene lugar en el camarín de la catedral a cargo de la Corte de
Honor, compuesta exclusivamente de mujeres.
La última noche de abril es especial en
Ciudad Real… Se cantan los mayos a la patrona en la ventana de su camarín.
Después, del 17 al 25 de mayo, fecha de la aparición en el Prado, tiene lugar
la celebración de un solemne novenario: concretamente, este año 1998 se cumplen
diez años del noveno centenario de la aparición de la Virgen, celebración a la que
asistió la Reina de España, momento en que quedó patente, una vez más, lo
presente que está la patrona en todos los ciudadrealeños.
Pero es en agosto cuando tiene lugar el
Mes de la Virgen. Los 30 días por entero están dedicados a la patrona, aunque
es a partir del día 9, cuando desciende de su camarín hasta su carroza, en la
que, como decíamos al principio, permanece hasta el día 23, cuando se desborda la
devoción de los ciudadrealeños para con la Señora del Prado. Este año ha sido
distinto, el descendimiento se ha producido el día 8, por ser sábado y estará
hasta el 24, lunes. Las jornadas más importantes dentro de este mes coinciden
con las dos únicas veces al año que la Virgen del Prado sale a la calle: el día
15, festividad de la Asunción, y el 22, día de la Octava. El resto del año, la
patrona continúa en su trono del camarín viendo cómo unos y otros se acercan a
rezarle y adorarla.
Susana Garrido. “La Tribuna
Dominical”, Nº 14 – 16 de agosto de 1998



