Sin haber expuesto en Madrid, García Coronado
es un escultor conocido. Frecuentemente aparecen fotografías de sus obras en
diarios y revistas: el retrato del presidente del Congreso, el busto de un
embajador americano, el de un ministro… Su reputación artística se ha ido
formando, sin embargo, de una manera silenciosa, lenta, sin el aparato
periodístico que podría deducirse de esta publicidad. Cuando el nombre de García
Coronado irrumpió en, los periódicos madrileños, el escultor llevaba muchos
años trabajando calladamente en Ciudad Real. Trabajando y estudiando.
Preparándose para la excursión a América, que ahora realizará y que motiva
estas líneas de comentario.

América sigue siendo para muchos de nuestros
artistas, de nuestros literatos, de nuestros conferenciantes sobre todo más que
un dilatado continente donde extender la cultura patria, un simple mercado
comercial. Se sueña con América un poco a la manera audaz y desenfadada de los
aventureros o, un poco más modestamente, como, por tradición, por superstición
o por rutina familiar, la adivinan algunas aldeas españolas para hacer fortuna.

No es corriente el caso de un artista que
vaya a América después de la larga preparación y el serio estudio que acredita la
obra do Felipe García Coronado.


De este personal escultor puede decirse que
lleva a América una demostración plástica de nuestro arte. Mejor o peor que el
de otros países; pero genuinamente español, y genuinamente escultórico.

Porque, para mí, lo característico de Felipe
García Coronado es el sentimiento escultural de que está impregnada toda su
obra. Y tampoco esto es frecuente.

Cada rama de las Bellas Artes tiene no
sólo un medio peculiar de expresión, sino también un sentido idóneo para captar
emociones. Esta condición receptora lo que justifica especialmente la existencia
de artes diversas.

Se ha dicho que la pintura es el color, la
escultura, la forma; la arquitectura las dimensiones… Son algo más: la expresión
pictórica, la expresión escultórica, la expresión arquitectónica. El sujeto estético
puede tener o no estas tres expresiones. Desde luego, hay sujetos que solo
tienen una de ellas, y es locura buscarle interpretaciones caprichosas. El
paisaje os sólo pictórico. El edificio es sólo arquitectónico. El cuerpo humano,
el retrato, el grupo, pueden resolverse en cambio, pictórica y escultóricamente
y, por excepción, arquitectónicamente. Me refiero no a la ejecución técnica,  que eso ya se entiende ha de ser distinta en
la pintura, la escultura y la arquitectura, sino a la interpretación del concepto.

Sobre el tema vengo insistiendo tenazmente.


Un mismo modelo presenta calidades, sugerencias
y formas diferentes al pintor y al escultor. Pero este fenómeno no es una
simple acomodación de la vista y la sensibilidad de cada uno. Cierto que el
pintor «ve» lo pictórico del modelo y el escultor lo escultórico; más
no por una facultad especial de sus ojos; no porque ellos lo quieran así; no
porque su retina lo perciba, sino porque, en realidad, el sujeto estético posee
ambas cualidades inseparables: pero inconfundibles. El artista no las inventa.
Las descubre.

Yo me he encontrado muchas veces con
escultores que imprimen a su obra un concepto pictórico. Casi toda la escultura
francesa anecdótica del siglo XIX es, si se me permite la frase, pintura en piedra.
Conozco muchos pintores, en cambio, de concepto escultórico. Gran número de
escorzos en la pintura moderna están inspirados en un sentido rítmico puramente
escultural.

Con estas observaciones por delante, a
nadie sorprenderá la simpatía que en mi provocan la pintura estrictamente pictórica
y la escultura deliberadamente escultórica.

Claro que se podrá sor un excelente escultor
sin tener tan desarrollada, como otros mediocres, la sensibilidad especifica. Pero
yo antepongo al dominio de oficio la ventaja de esa facultad, que permite
distinguir у asimilare unos valores artísticos con preferencia a otros.

Quien vea un busto-retrato de Felipe
García Coronado, una estatua o un grupo, no pensará que hayan sido compuestos de
modo arbitrario por un técnico de la escultura. Su espíritu singular de escultor
está allí presente para advertirnos que la única emoción estética, inspiradora
de la obra fue la sensibilidad escultórica de la misma.

Vamos a los ejemplos: en la expresión del
rostro humano, pintor y escultor quieren encontrar el espejo de la psicología
individual; en las dos obras pintura y escultura, ha de asomar el alma de la
persona retratada… ¿Pero que matices, qué hilos de luz, que sutiles rasgos de esa
alma recogerá uno y otro? El pintor, sin duda, los más finos, los más
delicados, los más íntimos. El escultor, los más contundentes, los más violentos,
los más rotundos… Por algo en un arte se emplea el pincel, que acaricia el
lienzo, y en el otro el puntero, y la gubia, que hieren la materia… El pintor,
al reflejar los rasgos psicológicos, nos habla de la inteligencia, el espíritu,
el corazón del retratado. El escultor nos hablará del instinto, de las
pasiones, del carácter.

No es otra la causa de esa impresión de
robustez que nos producen las obras de Felipe García Coronado. El observador se
pregunta: ¿Pero es que todos los modelos son igualmente recios, vigorosos y
fuertes?… No; pero todos los modelos tienen para el escultor ángulos, aristas
y planos, como para el pintor tienen también todos, finezas, blanduras y suavidades.

Saber seleccionarlas, ahondar, penetrar en
la entraña del sujeto estético para extraer las propiedades más acordes con el
medio expresivo a emplear, es la misión fundamental de todo artista. Descubrir
esas propiedades en la forma, como el pintor las adivina en la luz y los colores,
es el deber del escultor… Del escultor que lo es por vocación, por impulso de
su temperamento, no por caprichosa elección del oficio.

“Ahora Madrid” 27 de julio de 1933 página
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